FOTOS DE OSKAR SUEIRO
Cuando en un ya demasiado lejano 16 de agosto de 1991 se celebró el primer Agroskate, ni Ritxar, ni Rober, ni los Skate Black Lagunac, ni ninguno de los asistentes hubiera imaginado que alguien como yo, que por aquel entonces tenía catorce años, llevaba once meses patinando y no pude asistir al evento porque dependdía económicamente de mi padre, escribiría una reseña sobre el veinte aniversario para una página como esta.
El Agroskate (aún cayendo en la frase más típica del mundo) es mucho más que una reunión veraniega. El agroskate como forma de vida se instaló en mi generación de patinadores personificado en las andanzas de un aguerrido héroe del DIY patrio llamado Manurro. Hijo predilecto de Roberto Garay y natural de El Mestrillo, "saltó a la fama" en formato cómic dentro de las páginas de la ya por aquel entonces iluminada tres60 skate, cuyo editor, Fernando de Elvira, templó y forjó la curiosidad creativa de toda una generación de rodantes. Manurro era el único skater de su pueblo, una minúscula aldea en medio del paisaje rural vasco, en la cual, obvia decir, no había nada que patinar. Manurro patinaba cualquier cosa que se encontraba superando cualquier dificultad por imposible que pareciera, incluida la incomprensión de su novia, convirtiéndose en un modelo a seguir en un país donde el skate era un deporte totalmente incomprendido.
Agroskate como evento personificaba este espíritu autosuficiente Manurril, mezclado con un espíritu de pasarlo bien sin tomarse demasiado en serio a uno mismo. Durante veinte ediciones, skaters de todo el mundo han pasado por allí, han patinado desnudos, han bebido mucha cerveza y los más afortunados han dormido en casa de alguna fémina local. Conciertos y djs, extraños campeonatos con premios de todo tipo, fuego en los copings...¿dije ya mucha cerveza?... Huellas, Agroskate shop o la marca de ropa homónima, dejan su paso por nuestras vidas como si fuesen pegatinas en una caja de zapatos. Esperemos que cambien de opinión y esto de que es el último sea sólo una falsa alarma.
ARTÍCULO DE IVÁN RODRÍGUEZ